Sociología Simétrica >> Ideas
1.- Latour, Bruno (1999/2001). La esperanza de Pandora. Ensayos sobre la realidad de los estudios de
la ciencia. Barcelona: Gedisa. Recensión.
2.- Los cyborgs de la Tyrell Corporation. El discurso de la ciencia y la tecnología en la postmodernidad.
Latour,
Bruno (1999/2001). La esperanza de
Pandora. Ensayos sobre la realidad de los estudios de la ciencia.
Barcelona: Gedisa. Recensión. (Versión para imprimir –pdf)
“Ahora nos enfrentamos a muchas metafísicas prácticas distintas, a muchas ontologías prácticas diferentes” (Pág. 344)
El francés Bruno Latour (1947 - ) es profesor
del Centre de sociologie de l'Innovation de l’Ecole nationale supérieure des
mines de Paris. De formación académica en etnografía, se ha especializado en
Sociología de la ciencia. Es uno de los autores más prolíficos y sus
aportaciones conforman las bases de la llamada Sociología simétrica de la ciencia y la tecnología. Entre sus libros cabe
destacar La vie de laboratorie
(1979), La science en action (1987) y
el que nos ocupa, además de diferentes artículos, dos de ellos –“La tecnología
es la sociedad hecha para que dure” y “De la mediación técnica: filosofía,
sociología, genealogía”- fueron compilados por Miquel Domènech y Francisco
Javier Tirado en 1998 en el volumen Sociología
simétrica. Ensayos sobre ciencia, tecnología y sociedad (Barcelona:
Gedisa). Su obra más reciente es Reassembling the Social, an
Introduction to Actor Network Theory (2005).
Al leer –y releer- La esperanza de Pandora uno tiene la clara impresión de estar ante
un libro de Filosofía, más que de Sociología de la ciencia. He querido ilustrar
esta impresión con la cita reproducida al principio. Efectivamente, Latour no
deja de hablar en todo el libro de metafísica –lo que hay más allá de lo físico
o natural- y de ontología –lo que es el ser-.
Pero lo más interesante de la cita no es este ir y venir del ser en sí al más allá del ser en sí, sino la palabra prácticas con que adjetiva ambos
constructos fundamentales de
En mi opinión, la obra de Latour es
eminentemente práctica. Es decir, obliga amablemente –a veces duramente- al
lector a plantearse y re-planterase muchas de las convicciones que hasta la
fecha tenía en relación con cuestiones de carácter práctico, o sea,
tecnológico, ético, político.
La humanidad –desde que es humana y, por lo
tanto, social y artefactual[1][1]-
es tecnológica y es científica. Todas las épocas históricas están altamente
tecnificadas, desde la aparición de la primera tecnología humana: el lenguaje.
Pero hay matices: las flechas del tiempo apuntan a dos cuestiones que
problematizan mi afirmación: el número cada vez mayor de lo técnico y el acceso
también cada vez mayor a lo tecnológico. La metafísica y la ontología ya no son
instrumentos de reflexión y conocimiento científico, sino artefactos que
facilitan la interacción entre lo humano y lo técnico.
La esperanza… es un libro
denso, muy denso. Las ideas contenidas en él exceden notablemente los límites
físicos del libro, sus 382 páginas; su portada y contraportada. La lectura, que
no es especialmente fácil, se hace agradable por los muchos ejemplos que el
autor usa para ilustrar sus afirmaciones y teorías. Desde un trabajo de campo
–y después de laboratorio- en la selva amazónica a Pasteur y sus
descubirmientos sobre el fermento del ácido láctico. Desde la mitología de
Dédalo a Sócrates y Calicles. Digamos que estas ilustraciones hacen sentirse
cómodo al lector, pues son referentes propios de la cultura occidental que
sustentan un discurso al que se precisa dedicar una intensa atención y
concentración intelectual y reflexiva, a riesgo de verse disperso entre las
muchas, interesantes y novedosas ideas que el francés propone.
Hace tiempo que las ciencias sociales –y
especialmente
El acercamiento científico –no especulativo;
tampoco dependiente de fe o creencia- a los hechos sociales se presenta
enormemente dificultoso, a pesar de las excelentes intenciones de Durkheim, por
las características probablemente irracionales de los propios hechos,
características sobre las que alertó Weber. Y esa dificultad es la que ha
dejado al descubierto que la ciencia positivista es una creación humana; y por
tanto, problemática en sí, si se me
permite esta última expresión.
Latour no duda de la existencia de la realidad,
ni cree que la ciencia no sea objetiva, racional y positiva. Lo que saca a
relucir es que ni la realidad ni la ciencia son trascedentess e inmanentes,
sino más bien al contrario, contingentes y cambiantes. Desde el mismo momento
en que el sociólogo se ocupa de investigar la ciencia desde la óptica de su
disciplina es porque cree en la objetividad, en la, digamos, realidad de la
misma, a pesar de su historicidad. Lo real queda configurado por cuatro
aspectos que están presentes a lo largo de toda la obra: epistemología, moral,
política y psicología, tal y como explica el autor en el primer –e
introductorio- capítulo del libro -“¿Cree usted en la realidad? Noticias desde
las trincheras de las guerras de la ciencia.”-.
Para atender a estos cuatro aspectos, el
sociólogo recomienda aminorar el paso. Atender más que a los hechos, a las
relaciones entre ellos y a las transformaciones que se dan en lo que propone
llamar referencia circulante. El
segundo capítulo –“La referencia circulante. Muestreo de tierra en la selva
amazónica”- es una apasionante etnografía de primera mano sobre cómo los
científicos naturales “coleccionan, desparraman, seleccionan, descubren y
construyen conocimiento” en torno al ejemplo práctico de una investigación en
la selva amazónica.
El sociólogo/etnógrafo francés parece derivar
hacia los supuestos del constructivismo social de la ciencia, según el cual
ninguna realidad es objetiva, sino socialmente construida en la interacción
entre los propios científicos. De este modo, la ciencia –con cada
transformación: de la selva al laboratorio; de la recolección de datos a sus
clasificación e interpretación- se aleja cada vez más del entendimiento, en
tanto este se obtiene mediante el acceso a la información obtenida del
laboratorio y los datos, no de la propia selva o de los propios datos. El
científico, al final de su investigación, recolección y clasificación, genera cuatro papeles conteniendo un informe
académico, informe que no acerca el mundo de lo real, sino que más bien lo
aleja, sustituyéndolo, convirtiéndolo en signo.
La cuestión es que cada intervención sobre el
mundo natural lo transforma, lo construye, lo habilita y rehabilita para que
pueda ser comprendido en base a unos parámetros académicos que no forman parte
del propio mundo; que lo desnaturalizan.
El ejercicio de comprensión del sociólogo de la
ciencia no es, entonces, entender la ciencia en sí, sino la red de conexiones
-“El flujo sanguíneo de la ciencia. Un ejemplo tomado de la inteligencia científica
de Joliot”; capítulo 3- que permite presentar unos papeles –signos, símbolos-
como si fueran la realidad, en sustitución de aquélla.
Es en este flujo, en esta red donde hace su
aparición una de las ideas fundamentales de Latour y, en general, de
La `palabra “construcción” en sí parece opuesta
a la realidad y a la verdad. Y no tiene por qué ser así. Que algo sea
construido – y disponga del núcleo referenciado- no quiere decir que no exista,
que sea irreal, ni siquiera que no sea verdad. La cuestión es que –capítulo 4;
“De la fabricación a la realidad. Pasteur y su fermento del ácido láctico”-
para entender tanto la realidad como el quehacer científico es preciso atender
a la pista de las transformaciones
que se da en el proceso de producción de conocimiento, proceso en el que
siempre surge algo nuevo, que supera a la propia actividad científica.
Esa construcción, esa producción, responde al
deseo de disponer cada vez de más realidad, de más ciencia, en lugar de la fe y
la creencia. Hechos y productores se fusionan en el concepto de actante, en el que se difuminan,
también, la identidad del sujeto y la del objeto.
Las cosas –y los actantes- tienen historia
–capítulo 5; “La historicidad de las cosas. ¿Dónde estaban los microbios antes
de Pasteur?”-, que es conocida y reconocida cuando hacen su aparición como proposiciones en los procesos de
referencias circulantes, y se institucionalizan. La causalidad de las cosas, de
los hechos, de las representaciones y explicaciones es posterior a ellas
mismas. No hay un antes de; sino sólo
un después. En el proceso de
construcción y comprensión se formaliza también el de causalidad y se construye
su ontología, envuelta en y dependiente del tiempo y el espacio.
Pero las flechas del tiempo y el espacio –que
no son unidireccionales ni lineales; pero sí acumulativas, o, mejor,
multiplicativas- amplían el número de actantes y el de referencias circulantes.
Cada vez hay más de todo. Más humanos y no humanos; y más interacciones. La
multiplicación de todo ello hace que cada vez, también, haya más realidad. La
lógica de Latour se hace ahora aplastante: si echamos un poco la vista atrás en
la línea del tiempo/espacio –o sea, de la historia-, efectivamente, cada vez
hay más realidad; menos creencia. Realidad institucionalizada prácticamente en
torno a una sustancia –el núcleo de la interacción- que mantiene unidos todos
los dispositivos funcionales de los entes que la conforman. Entes que, ahora sí[2][2],
-capítulo 6; “Un colectivo de humanos y no humanos. Un recorrido por el
laberinto de Dédalo”- se nos presentan como mediadores
tecnocientíficos indisolubles. La ciencia no es un medio de conocimiento, sino
de acción. Se convierte en tecnociencia, sustancia compuesta por humanos y no
humanos alrededor de un mismo núcleo que, recordemos, supera lo social. Y media los significados de las cosas. Aparece aquí otra de
las propuestas clave de Latour y
Ahora bien, antes de la aparición de los
actantes –y después de la desaparición de los pre humanos-, ¿cuál es el papel
que los humanos han tenido en todos estos procesos? Latour, partiendo del
diálogo del Gorgias de Platón entre Sócrates y Calicles –“La invención de las
guerras de la ciencia. El pacto de Sócrates y Calicles”; capítulo 7- pone al
descubierto el antiguo proceso de dominación de las masas a través del Derecho
y el Poder, dos caras de la misma moneda, cuyo único objetivo es el
silenciamiento del ágora –el espacio natural de intercambio comunicativo en la
antigua Grecia- mediante la construcción e imposición de una ley natural de
orden superior a lo humano y, por tanto, inhumana. También transhumana.
Derecho y Poder, Democracia y Ciencia se
inhumanizan –y se politizan- porque la masa está compuesta por demasiados
miembros cuya voz es imposible de reconocer individualmente. Para evitar el
barullo, el ruido vociferante del ágora, Calicles y Sócrates inventan
Latour hace ahora una especie de ensayo de arqueología-ficción
–capítulo 8; “Una política liberada de la ciencia. El cuerpo cosmopolítico”- y
propone dos acepciones de la ciencia. a)
Humanos y no humanos en acción son hechos y
fetiches artificialmente desunidos que vuelven a ser lo mismo en un constructo
que, de nuevo, multiplica, más que sumar: el factiche –“La leve sorpres de la
acción. Hechos, fetiches y tactiches”; capítulo 9-. La teoría y la praxis
desaparecen no porque no existan, sino porque son lo mismo. La teoría es lo
mental; el fetiche vacío que el humano llena con símbolos cuyo significado se
comparte socialmente. La praxis es el mundo físico de la realidad, la certeza
empírica absoluta. El francés los reunifica en una afirmación digna de la mejor
teoría psicológica contemporánea: no hay una línea divisoria entre el mundo
físico “fuera” y el mental “dentro”. Ambos son lo mismo. Sujeto y objeto han
desaparecido porque se han reunificado.
La conclusión del libro es una pregunta: “¿Qué
artificio conseguirá liberar la esperanza de Pandora?”. Pregunta a la que
Latour propone algunos deseos para el futuro, más que respuestas inmediatas.
Por un lado, la ya citada desaparición de la dictomía entre sujeto y objeto,
pues somos lo mismo. Por otro la lógica.
Si he empezado esta recensión diciendo que La esperanza… es un libro de Filosofía
porque la metafísica y la ontología están siempre presentes, faltaba hacer
evidente que una de las armas fundamentales de la disciplina, la lógica,
también se constituye en base de los razonamientos de Latour. Efectivamente,
metafísica y ontología –qué es el objeto y qué es el sujeto, si se me permite
definirlas así- se entrelazan en la clara referencia circulante de la lógica. A
pesar de su densidad, a pesar de la enorme cantidad de ideas contenidas en el
libro, de la dificultad a veces de su comprensión, no hay ni una sóla página
que no contenga una lógica quasi
irrefutable. Lógica que se aleja seguramente del pensamiento deductivo
característico del mundo occidental y más propio de una nueva forma de
inducción intelectual y práctica que permite aceptar muy bien asuntos que son
cada vez más del todo evidentes: ellos –los objetos, las cosas, las máquinas y
los artefactos- somos nosotros.
“Cuando decimos que no existe mundo exterior, no significa que neguemos su
existencia, sino, al contrario, que nos negamos a concederle una existencia no
histórica, aislada, inhumana, fría y objetiva que se le adjudicó con el único fin de combatir a la multitud” (Pág. 28. Cursivas en el
original)
Josep Seguí
Noviembre 2005
2.- Los cyborgs de
Los replicantes protagonistas
de la película de Scott son cyborgs
sin emociones con un pequeño error en su programación genéticocibernetica. Con
el tiempo se emocionabilizan. Su mayor poderío físico y su igualación
intelectual ante el humano les hace útiles. Su emocionalibidad, peligrosos.
¿Solución? Una intervención programática les hace morir a los 4 años de vida;
antes de que el proceso de emocionabilidad culmine. Pris, Leon y Roy Batty
escapan de la colonia donde están recluidos y vuelven a
Blade Runner es,
probablemente y según algunos autores (Lyon, 1999), la primera y mejor película
de
Pris se ha perdido, no tiene casa y es como huérfana, “No somos ordenadores, somos seres físicos. Yo pienso… luego existo”. Leon tiene miedo; Roy Batty también, “Es duro vivir con miedo, verdad?... en eso consiste ser esclavo”.
Rachael es una nueva versión del NEXUS-6, seguramente algo más domesticada. Desconocemos si ha sido reprogramada para controlar sus emociones. No sabemos si superará los cuatro años de vida. Pero hay dos cosas interesantes: a) es "More human than human" (Tyrell Corporation). Y b) "Commerce is our goal here at Tyrell". Pero Rachael no es objetivo de comercio, no está (I'm not) en el negocio. Ella es (I am) el negocio. Negocio de las emociones –objeto de estudio de la ciencia psicológica-, y negocio de la ciencia, de la tecnología y de sus discursos.
Todos somos ya negocio
en el intercambio de emociones, discursos, conocimientos y habilidades. Todos
somos, al tiempo, científicos y técnicos. Porque todos somos máquinas sociales.
Somos ese cyborg descrito por Haraway
(1991): narrativo, máquina, cuerpo, comunicación y evocación. Pensamos,
existimos y vivimos con miedo, aún teniendo a nuestra disposición herramientas
que nos acercan a la inmortalidad. Inmortalidad que, a diferencia de
Frankenstein, no llegamos a alcanzar.
El sociólogo Ulrich
Beck (1986) muestra que las medicinas que consumimos son máquinas. ¿Dolor de
cabeza? Máquina aspirina. ¿Epidemia de gripe? Máquina de guerra vacunación
viral. ¿Depresión? Máquina Prozac. ¿Impotencia? Máquina Viagra. ¿Ansiedad?
Máquina Valium. ¿Trastornos psicopatológicos? Máquina terapia mediante la
construcción dialógica basada en la más potente tecnología jamás inventada
-fabricada- por los humanos, el lenguaje... Haraway (1991), en un excelente
capítulo -del que sólo el título ya evoca inquietud, "La biopolítica de
los cuerpos postmodernos: constituciones del yo en el discurso del sistema
inmunitario"- de su magnífico libro referenciado al final, trabaja en una
profunda crítica a la ciencia objetivista en el entorno socialmente construido
de la máquina de muerte SIDA. No hablemos de otros diversos implantes no-humanos que cada día más se insertan
en nuestro organismo humano
(marcapasos, prótesis…).
Ahora estamos en plena
era de la tecnociencia (ver Aibar,
1999). ¿Es distinto el año 2005 al 2019[3]?
Seguramente no mucho. Seguramente todavía no somos replicantes NEXUS-6; pero –a
la vista de lo que hacemos[4]- sí
que somos un modelo experimental pre-NEXUS-1.
(…)
Desde luego, el mundo –como muestra también Don Ihde (1990) en su descripción de la primera hora de la vida diaria de cualquier humano occidental- está absolutamente tecnologizado. Pero esto no es nuevo. Entiendo que la primera tecnología es el lenguaje. Mediante él el ser humano no sólo empezó a cambiar el mundo, sino a construirlo, a adaptarlo a sus formas de hacer, a sus caprichos y emociones, a su sociabilidad, en definitiva.
Desde que no somos pre-humanos ninguna revolución científica, ningún cambio de paradigma puede compararse a lo que sucedió cuando el primer homínido dijo la primera palabra, explicó la primera imagen. Todo lo demás –la escritura, la religión, la imprenta, las revoluciones industriales, internet, la generalización de los medios de comunicación- no son más que actualizaciones sociales de la primera tecnología que nos hizo auténticamente humanos.
Lo tecnológico –lo no-humano, lo no-natural- es simbólico; no tiene sustancia por sí mismo, como tampoco la tiene lo humano, lo natural. Ninguno de los dos son reales, por eso son –somos- lo mismo, “… ellos son nosotros” (Latour, 1994, pág. 300).
Todos somos actantes,
objetos-instituciones (Latour, 1994) evocados por la simbología
sociotecnocientífica en que estamos inmersos. Lo que somos y lo que seremos no
está determinado ni por el discurso de la ciencia (biología, por ejemplo), ni
por el de la sociología (o la psicología social) ni por el de la tecnología
(ingeniería genética, también por ejemplo). El actor-red (los antiguos sujetos y objetos; los actuales
actantes) es multidimensional y pluri-interaccional gracias, también, a las
famosas Tecnologías de
Josep Seguí
Noviembre 2005
Bibliografía.-
Aibar, Eduard (1999). “L’estudi social de la ciència. De la sociologia de la ciència a la sociologia del coneixement científic”. A Esquirol, Josep M. (coord.), Ciència, tecnologia i societat. Barcelona: UOC.
Beck, Ulrick
(1986/1998). La sociedad del riesgo.
Hacia una nueva modernidad. Barcelona: Paidós.
Haraway, Donna J.
(1991/1995) "Ciencia, cyborgs y mujeres. La reinvención de la
naturaleza".
Ihde, Don (1990). Technology and the Lifeworld. From Garden to Earth.
Latour, Bruno (1994/1998). “De la mediación técnica: filosofía, sociología, genealogía”. En Domènech, Miquel y Tirado, Francisco J. (comps.), Sociología simétrica. Ensayos sobre ciencia, tecnología y sociedad. Barcelona: Gedisa.
Lyon, David
(1994/1996)). Postmodernidad (Segunda
edición). Madrid: Alianza.
[1][1] Pido disculpas por el barbarismo. Artefactual hace referencia a algo absolutamente inherente a lo social –y a lo humano- la interacción con artefactos.
[2][2] Hasta ahora era posible pensar la tecnología como algo derivado de la ciencia.
[3] Fecha en que se sitúa la acción en la película.
[4] En un principio había escrito “…a la vista de lo que está pasando…”. Pero no. Las cosas no pasan porque sí; siempre pasan porque las decimos y las hacemos.